2. Ego y automatismo

Este contendo hace parte del curso «Tu camino de regreso -cómo volver a ti-. 
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Ya sabemos en dónde está nuestro Amor Propio: en algún lugar de nosotros, de la mano de nuestra Niña Interior, esperando a que vayamos a rescatarlos. ¿Por qué están allí y por qué los necesitamos? Si no has leído aún En dónde está nuestro amor propio ve y revísalo antes de continuar.

Lo que hemos aprendido hasta aquí se puede resumir en esta imagen: un centro, en el que está lo que realmente somos -nuestra Esencia, nuestra Verdad- y alrededor suyo unas capas que constituyen lo que llamamos «Yo» y que fueron construidas con base en lo que nos dijeron que «debíamos» ser.  

 

La última de nuestras capas es la cara que mostramos al mundo y la que podemos ver de nosotros mismos, es decir, la información de la que somos «conscientes». Pero debajo de esta capa hay montañas y montañas de información, archivos y creencias que permanecen ocultos ante nuestros propios ojos y que hacen parte de nuestro enorme y poderoso subconsciente. 

Todas estas capas -las que vemos como las que no vemos- constituyen nuestro Ego, es decir, 
aquello que creemos que somos pero que no somos en realidad.

N
uestro Ego es graaaande. Tiene mucha, mucha, mucha información. Lo hemos estado construyendo y alimentando prácticamente toda la vida. Recuerda cómo inició la formación de nuestro Ego desde nuestros primeros meses de vida cuando ser amados y protegidos por nuestros padres era literalmente una cuestión de vida o muerte. Como cualquier otra especie, el instinto nos llevó a adaptarnos para sobrevivir, lo que en nuestro caso implicó moldearnos acomodando nuestro comportamiento y nuestra forma de ser para lograr la aceptación de los demás (la pertenencia a “la manada”). 

Así, d
esechamos y ocultamos lo que era considerado por nuestro entorno como indeseable, inapropiado o “malo” y adoptamos lo que veíamos que los complacía, es decir, lo “bueno”, aunque poco tuviera que ver con lo que éramos en realidad. 

Este mecanismo de 
adaptación nos trajo como consecuencia tres situaciones, a mi modo de ver,  desastrosas:

1. Nuestro Verdadero Ser terminó oculto en un cajón en el que metimos todo aquello que no gustaba a mamá y papá y que marcamos en letra bien grande así:

PELIGRO: partes malas, inconvenientes, indeseables y riesgosas de mí.
NO USAR NUNCA MÁS”.

Es decir, le tenemos miedo a nuestra Verdad;

2. Construimos una identidad falsa con todo lo que «
debíamos ser» -el Ego- y como estaba hecha de las cosas que tanto gustaban a papá y mamá la marcamos con una etiqueta en la que se lee bien grande: 

«ATENCIÓN: Esto es lo bueno, lo correcto y lo seguro. USAR SIEMPRE Y PREFERIR POR ENCIMA DE CUALQUIER COSA”; 

Es decir,  estamos apegados a nuestro Ego porque en él (sí) nos sentimos seguros; y

3. El mecanismo de adaptación quedó instalado en nosotros como un programa automático que funciona por defecto. Aún cuando ya somos adultos y no necesitamos adaptarnos a nadie para sobrevivir, nuestra mente sigue funcionando como la del niño que mira a su alrededor y busca gustar para sentirse a salvo.

Es decir, l
a adaptación a lo que quieren los demás se convirtió en nuestra forma de vivir (ya no de sobrevivir) y opera de manera automática en nuestra vida, pasando por encima de nuestros verdaderos deseos y de nuestra voluntad.

Por eso nos dicen que estamos dormidos y debemos despertar. Por eso se nos dice por ahí que somos «zombies» y autómatas, que creemos que somos libres pero en realidad sólo hacemos lo que quieren los demás. Y la verdad es que sí. Nuestra voluntad -y por lo tanto nuestra libertad- está y estará dormida, hipnotizada y secuestrada hasta que decidamos parar el automatismo del mecanismo de adaptación
.

Parar el automatismo es una decisión, tal vez coincidas conmigo, es sin duda la decisión más importante de nuestra vida. Hasta que no lo hagamos, seguiremos creando Ego, viviendo la vida que no nos corresponde, y silenciando la voz de nuestra Verdad. 

Tu vida (la tuya de verdad) aún te está esperando. 

Nunca es tarde para empezar,  pero nada tarda más en llegar que lo que nunca se empieza.   

Empieza. 

Un abrazo, 

Laura

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